domingo, 17 de julio de 2016

El Bingo



Advertencia legal: Tanto el texto como los dibujos han sido realizados por Gaviola. Está prohibida su reproducción sin autorización expresa de la Autora.








[1]
A todos los hijos del mundo. A todas las madres solas
 NOTA SOBRE EL JUEGO DEL BINGO
          El Bingo, (o la antigua “lotería”), se juega con cartones en los que se contienen 15 números, (entre el 1 y el 90). Hay dos premios en cada partida, el de Línea, al primero que rellena una línea horizontal; y el de Bingo al primero que rellena  la totalidad de los 15 números. Los premios se integran por un porcentaje sobre la cantidad recaudada de la venta de los cartones, siendo la línea un porcentaje mínimo y el Bingo el más importante. El premio de Bingo acumulado se integra por la reserva de un porcentaje de cada jugada que a veces consigue cantidades desmesuradas, y se lo lleva quien cante bingo antes de que se haya extraído determinado número de bolas, (entre las 40 y las 42).
 
  I
      ENTRÓ en la sala con la disimulada  urgencia de cada tarde.
      Le bastó una mirada para comprobar que  la primera jugada estaba cubierta por las mismas personas que la noche anterior habían cerrado el local al borde de las tres de la madrugada, y se sintió reconfortada, casi como en familia.  Le gustaba el ambiente a esa primera  hora, cuando aún el cristal de las mesas se encontraba limpio de huellas que después se iban acumulando, a lo largo de la noche, hasta hacerse espesas y sólidas sobre sí mismas. Por otra parte, eran los únicos momentos en  que el juego se hacía  íntimo, casi místico;  de verdaderos fieles intensamente entregados a su afán diario con toda la frescura y lozanía que el reciente descanso les había propiciado, y todavía sin el acoso de ese sordo temor al dinero gastado poco a poco en esperanzas inútiles.
      Compró un solo cartón para recrearse en la tarea de señalar los números con esmero y delicadeza, sin prisas por encontrarlos o por distinguir si tenía o no repetidos. Mientras  tanto, se concentró en el pequeño placer del café con leche que, como cada tarde, se ofrecía gratuitamente a los primeros jugadores, y paladeó el pastelillo que lo acompañaba como si en ello le fuera la felicidad de ese día. Sabía sobradamente que aquella sensación  de sosiego se acabaría a no tardar mucho, cuando llegaran los ruidosos bebedores de la noche, los jugadores incontrolados y vociferantes que ponían un punto de vulgaridad en los descansos,  y quiso aprovechar la  levedad  entrañable del momento.
         En el panel luminoso parpadeaban los números según iban siendo cantados y verificó que permanecía intacta la cifra millonaria que la anterior madrugada había quedado, una vez más, como promesa de las venturas perseguidas en cada jornada. Ella sabía de sobra que no podía haberse cantado el Bingo acumulado porque fue la última en abandonar el local; pero, a pesar de saberlo, se recreó de nuevo en comprobar  la cuantía mientras comenzaba, como siempre, la ensoñación de proyectos para cuando le tocara. Porque de lo que no tenía duda es de que algún día le tocaría. Por algo iba religiosamente cada tarde, a primera hora; y se administraba; y alargaba como podía el dinero hasta que se anunciaba por la megafonía lo de "esta-será-la-última-partida-de-la-noche". Por algo cada mes calculaba y recortaba gastos hasta el infinito para poder ser fiel a la obligatoria tarea diaria que se había impuesto. Era físicamente fatigosa y  casi insostenible económicamente; pero sabía que ni aún ahorrando toda la vida lo que allí se gastaba cada tarde podría llegar a reunir  la cifra que le ofrecía del bingo acumulado para ver cumplidos su sueños larga y penosamente acariciados.
Al principio -de eso hacía ya meses- si la tarde iba mal y el dinero escaseaba, dejaba de jugar una o dos manos, entre partida y partida, sintiendo el corazón latirle, duramente en esas ocasiones, desde las sienes hasta la boca del estómago, cuando el cartón que le hubiera correspondido, vendido al vecino de mesa, y estrechamente vigilado por ella, empezaba a llenarse alarmantemente. Hasta que, una tarde, en la que había empezado a jugar a dos cartones animada por la inesperada abundancia de un mísero bingo cantado la noche anterior, decidió volver a su habitual y único cartón de siempre en el momento que el montoncillo de monedas empezó a reducirse con mayor rapidez de la deseada. Apenas empezaron a cantar, comprobó con espanto la celeridad con que se llenaba y emborronaba "su" cartón, vendido a la  mujercilla gris y enjuta que tenía a su derecha. Cantó la mujer línea en la bola 11, lo que le causó un violento vacío en el estómago. Y, antes de la bola treinta, vio que el único número que quedaba por salir para completar el cartón era el 27. Ya no tuvo alientos nada más que para lanzar miradas desesperadas hacia los distintos monitores repartidos por toda la sala, en los que iban apareciendo los números antes de ser cantados. Cinco bolas después vio el 27 rodar sobre sí mismo, como una peonza enloquecida, burla cruel y torturante que le introdujo una nausea casi incontrolable en las entrañas, mientras que su vecina chillaba esperpéntica un bingo desgarrado y millonario. Controló como pudo las emociones enloquecidas que la trastornaron repentinamente y, echando mano de aquel dominio que le habían enseñado en el rígido y distinguido colegio de su infancia, felicitó a la escandalosa afortunada que ahora hipaba histérica,  informando a toda la sala sobre sus miserables proyectos; y siguió jugando mecánicamente, como por obligación, sin emoción alguna  durante aquella nefasta tarde, con la amargura infinita y paralizante de quien frívolamente destroza su propio futuro.
      Desde entonces, acudió a todos los trucos y medios a su alcance antes de dejar de jugar una partida o de cambiar el ritmo de juego iniciado.
      No había terminado aún el café y, cuando tenía la boca llena con el último bocado del pastelillo, la sorprendió una línea completada con tres números que salieron correlativos; así que levantó el brazo agitando el cartón enérgicamente, y pudo comprobar las ventajas de la escasez de jugadores cuando una de las vendedoras la relevó de cantar el premio haciéndolo ella con voz chillona que retumbó en toda la sala. Eran, apenas, seis euros los que venían a engrosar sus previsiones para aquella tarde;  pero, buenos eran. Empezaba bien.
El juego fue haciéndose monótono y, arrullada en el tedioso canto de los números, se entretuvo en repasar por enésima vez sus proyectos. Lo primero, pagar la hipoteca. ¡Eso lo primero! Era su sueño dorado, su deseo más desesperado y urgente: tener, por fin, SU casa, donde terminar de envejecer en paz y sin el miedo al asilo o el terror a la indigencia callejera.
      Recordaba su infancia con profunda nostalgia. Había sido tan hermosa…, tan ajena a cualquier escasez o problema…, tan abundante material y afectivamente, que le parecía mentira haber salido de ella con tan poca rentabilidad. No fueron buenos los negocios del padre, aquel hombre jovial y espléndido que la rodeó de infinita ternura. Y la ruina la dejó sin padre y sin herencia. Tampoco fue buena elección la de  su hombre. Amor, sí hubo, sí; pero reconcomido por un escaso sueldo que todo lo enturbió; hasta que, cansado de fracasos, de reproches propios y ajenos,  y profundamente amargado, decidió empezar una vida nueva en la que no había sitio para ella. Y le dejó como recuerdo del paso por su vida un hijo sin futuro, una pensioncilla menguante y una casa hipotecada donde, a duras penas, había podido esconder malamente sus amarguras acosada por el miedo permanente a que  un mal encuentro con la pobreza definitiva le quitara lo último que le quedaba por perder: su casa.
      A duras penas pudo mantener la dignidad de su apariencia y de su vestimenta mediante una actitud lejana con el vecindario. Y, quitándose de la boca lo más preciso, consiguió  dar estudios al hijo a quien se dedicó en cuerpo y alma desde la separación del marido.
      No supo bien cómo sucedió,  pero el hijo dejó de ser un niño de un día para otro,  tan deprisa que no le había dado tiempo ni a darse cuenta de que se quedaba sola. Ahora hacía un año que se había empleado, quedándose sin tiempo ni para dedicarle algún domingo. Se fue a la capital, y ya no volvía más que dos veces al año; pero era ley de vida, pensó con nostalgia, recordando cómo ella misma abandonó las visitas a su madre, empeñada como estuvo durante tantos meses en sacar adelante su obstinado enamoramiento.
      ¡El hijo! Un escalofrío hizo vacilar su mano cuando apuntaba el 81 al pensar en su hijo. Tan querido y tan lejano en la distancia y en la expresión de sus sentimientos.
      Cuando era apenas un niño, había sido ella misma la que había impuesto la norma de no "descomponer el gesto por arrebato emotivo alguno". Era lo que le habían enseñado. Le parecía de mal gusto exteriorizar los sentimientos hasta el extremo de rechazar fríamente al pequeño cuando se arrojaba a sus brazos alegremente y con violencia. Tantas veces había frustrado las caricias espontáneas y afeado los gritos de alegría del muchacho que, finalmente, había conseguido educarlo en una compostura rígida y sin fisuras. La misma que ahora le traspasaba el alma cuando a sus brazos tendidos el hijo respondía con un leve gesto lejano, desabrido y frío, carente de cualquier  emoción, en las escasas veces en que se veían.
      El hijo quería casarse con una chicuela callada y distante, de pelo dorado y piel acalorada. El hijo estaba ahorrando para casarse porque no quería empezar su vida de matrimonio con las estrecheces que habían vivido sus padres, ni con la miseria en que andaba su madre por su mala cabeza. Alguna vez el hijo le había  mandado  un poco de dinero, -"para compensar", decía-.  Y bien que le venía para su plan. ¡Si él supiera…! Porque, si le tocaba el bingo acumulado, después de pagar la hipoteca, ‑¡eso lo primero!- todo sería para el hijo. Para la boda del hijo. Para la casa del hijo. Para el futuro del hijo.
¡Otra línea! Distraídamente había cantado otra línea, esta vez de veinticuatro euros. La tarde se mostraba generosa, e incluso podía permitirse el lujo de comprar dos cartones durante un rato, pues, según sus cálculos, esa tarde había llevado dinero para jugar sin aprietos hasta la hora del cierre, y esta línea inesperada le daba para jugar una hora el día siguiente o para jugar ahora a dos cartones durante una hora. Recordó, sin embargo, con terror, lo sucedido el día de la mujeruca gris y acartonada que "le quitó su bingo", y decidió seguir el ritmo de un solo cartón ya que no podría mantener el juego de dos durante el resto de la noche.
          Luego, dos partidas más tarde, llegó el bingo. ¡Ciento setenta y cinco euros! Y eran sólo las nueve de la noche. Decididamente era su tarde. ¡Le vendrían tan bien estos dineros para reponer las menguadas provisiones de  la  alacena! –pensó-. Pero la comida no era una necesidad tan urgente;  aún faltaban cuatro meses para que viniera el hijo por su santo y, para ella sola, bien podía pasar con el guisito de carrillada, patatas y zanahorias que se hacía cada tres días; y con las acelgas para la noche; para desayunar, la manzanilla que recogía junto al huerto del maestro, y que tan bien le sentaba a su estragado estómago, tomada con una rebanadita de pan finita… finita… Faltaba aceite, sí, pero prescindiría de él; que con la pringue de los menudillos y de la carrillada de cordero, ya era bastante grasa para sus viejas  arterias. Jabón fino tampoco necesitaba hasta que viniera el hijo. Ella había aprendido de su madre, en los tiempos difíciles, a hacerlo con las sobras de aceites requemados y con sosa, y lo de menos era el olor siendo ella sola quien lo gastara;  ¡mientras limpiara…! Además, hacía unas semanas que se había procurado unas cuantas pastillitas de Heno de Pravia en el lavabo de la cafetería de la plaza, un domingo en el que, a la salida de misa, se había premiado su soledad  con un cafetito. Eso –pensó- no era robar. Era darse un miserable lujo. Así que sus necesidades más perentorias estaban cubiertas y podía jugar desahogadamente a dos cartones  durante el resto de la noche.
         Ahora era más difícil perderse en ensoñaciones. No se perdonaría que se le pasase un número echando así a perder la dedicación de su empeño. ¡Era tan hermoso pensar que los días de estrecheces se acabarían antes o después...! Quizá aquella misma tarde que tan bien estaba presentándose.
         El 35… Su número de colegio. Le gustaban los cartones con este número que siempre le recordaba los benditos días de la adolescencia. No comprendía eso de la edad difícil y los problemas de los quince años. Ella había sido tan feliz en el colegio como no recordaba haberlo sido después, salvo el día en que nació el hijo. Habían sido aquéllos días dorados: la salida del pueblo y el deslumbramiento en Madrid; años suaves, embelesados por la música de “José-Luís-y-su-Guitarra, del Dúo Dinámico, de Los Platers…, de los guateques y del "pikú"... Todo tan ingenuo y entrañable, tan nuevo y tan brillante para un alma campesina como la suya. Y aquel chico; ¿cómo se llamaba? ¡Emilio! Eso es, Emilio. Nunca volvió a sentir las emociones que el solo y fortuito roce de sus manos le causaban durante aquel verano, en la vereda del balneario; los festivos baños en el río en mañanas radiantes e irrepetibles. Las tardes arropadas en cálidos ocasos; y los paseos por la carretera al anochecer, refugio de primeras caricias al amparo de la oscuridad, mientras que el valle se iba engalanando con líneas sofocadas y luminosas, rastrojos quemándose con la fresca llenando el aire de olores inolvidables... El 49... negro número; que el mismo día en que cumplía esa edad la dejó el marido sin concederle siquiera el consuelo de un porqué. Pero ya no dolía; el amor había muerto posiblemente bastante antes. Y el terror a la soledad frente al mundo, que le apretó las entrañas durante unos meses, había ido cediendo cuando vio que, mal que bien, iba sacando adelante al hijo. ¿Ella? ¡Qué importaba ella! Bien pensado, uno es importante mientras hay alguien que así lo crea; y ella ya no tenía  sitio en el corazón de nadie.
      El 2... ¡Qué sugerente se le hacía cada número! ¡El 2!: ése es un buen número y lo llevaba. ¡El dos! La sociedad está pensada para dos. Uno puede salir adelante sólo; pero está pensada para dos. Si no eres “DOS”, no tienes sitio en la mayoría de las fiestas, ni tienes por amigos a parejas que, si te llevan, van como cojas; ni cuentan contigo... Siempre parece que estás de más. ¡El dos! Dice Carmita que siendo UNO tienes mejores oportunidades y que te llaman a muchos sitios para emparejar a desparejados; pero yo sé lo que me digo: que si eres UNO te llaman cuando tienen otro UNO que necesiten parear para que les quede bien el ambiente juntando a DOS. ¡En fin...! Siempre puede haber otro UNO desparejado y... ¿Pero, en qué estaré pensando yo a estas alturas…? ¡Tonterías! ¡A ver si va a resultar que la vejez me convierte en una calentona…!
      -¡BINGO!
      El inesperado grito la sobresaltó, sacándola de sus cavilaciones.  ¡Vaya!  Ahora que me quedaban tres y creía que iba bien, van y cantan. No importa; todavía son las once, y me quedan horas suficientes para poder cantar mi bingo acumulado. Pediría un cafetito, que tengo el estómago estragado; pero un café es un cartón, quizá el cartón definitivo que no puedo perderme. Lo dejaré para luego.
      Cuando, a las once y cuarto, cantaron línea, se quedó mirando a la pantalla con turbada obstinación. Allí estaba expuesto el cartón de la línea en el que sólo quedaban cuatro números por tachar. ¡Y estaban en la bola veinticuatro! Así que las probabilidades de que cantaran el acumulado eran tan altas como intenso era el terror que la asaltó. Si el afortunado y desconocido propietario del cartón de la línea cantaba el bingo acumulado -“SU acumulado”- tendrían que pasar aún muchos días antes de que llegara a juntarse de nuevo la cifra que ahora había, y sus proyectos se retrasarían más allá de lo que sus disponibilidades económicas le permitirían aguantar hasta que cobrara su pensión y los trabajillos de cuidar a los niños de la “vecina-enfermera-de-noche” que dormía por la mañana. Apuntó los cuatro números que le faltaban al anónimo intruso en el borde de su propio cartón, y comprobó que dos de ellos los llevaba ella misma. Por una vez en su vida deseó con todas sus fuerzas que no salieran sus propios números, y siguió el juego con el hilo de sus ensoñaciones bloqueado por la tensión del desastre que se anunciaba. El siguiente número era uno de los cuatro que le quedaban al cantor de la línea.
      ¡TRES! quedan tres números nada más y vamos por la bola veintiséis. ¡Dios mío! ¡La hipoteca! ¡Su casa! ¡Y el hijo!  Otra vez la incertidumbre y la espera; ¡tanto sacrificio para nada!
      El 5..., no es, no es tampoco éste…
      La bola treinta y cuatro; el 16... éste sí. Quedan dos; ¡Oh, Dios mío, sólo DOS! Que no salgan, Dios mío, que no salgan...  El 53...;  el 90... ; el 81; -un sudor helado se le  instala  en la nuca y le provoca un escalofrío-. El 87....
      Falta una; una sola bola, y no cantará el acumulado.... ¡El 1! ¡Por fin! Ha pasado la bola cuarenta sin que salieran ni el 13 ni el 17. De nuevo la esperanza disuelve la rigidez de su  pálido y contraído rostro y, de repente, le acometen unos profundos deseos de abrazar al fracasado jugador. También repentinamente siente que el hambre le atenaza el maltratado estómago que sólo ha recibido una manzanilla y un poco de pan desde esa mañana. Al terminar la partida -se promete a sí misma- pedirá una bolsa de las pequeñas de patatitas fritas como compensación de tantísimos nervios.
*   *   *
 II
         Las partidas se sucedieron con mayor rapidez de lo esperado, y un par de  "jugadas extraordinarias" de seis euros el cartón menguaron con saña sus  fondos. Sin embargo, no podía ya dejar de jugar dos cartones en cada partida a riesgo de sufrir por segunda vez -y  posiblemente  definitiva- la triste experiencia de la mujeruca gris. Una sorda y recurrente  angustia comenzó a  recorrerle el estómago; se encogió apretándoselo con su brazo izquierdo -decididamente era su parte más débil y necesitada-. Miró con alarma sus reservas reducidas a un montoncillo de monedas y dos billetes y sintió una vez más el conocido desamparo propio de otras muchas tardes en que sus desvelos parecían no tener fin.
         Tres  partidas más tarde se hizo evidente su sufrimiento  interno en un leve temblor de las manos. Era el momento que Magrajo esperaba siempre agazapado tras sus ojillos de lince, jugando un cartón muy de vez en cuando por disimular, y vigilando con astucia a  quien se quedaba sin dineros antes que sin ganas o sin necesidad de jugar. Distinguía los síntomas, como conocía los sueños y los afanes de cada jugador de aquella sala en la que él se sacaba el miserable pan de cada día con metódico esmero, con hábiles préstamos y con calculados tratos oportunistas. Ya en otras ocasiones había socorrido a la "Doña" –como él la llamaba- de sus achicamientos dinerarios. Cuando se acercó a la mujer, ésta pareció respirar con reprimido alivio mientras le decía distraídamente:
         -Hoy, Magrajo, no he traído más que la sortija  que me regaló "el contrario" el día de la boda; y… tampoco le tengo mucho aprecio.
-Y la crucecilla esa, Doña, que también vale -le murmuró con estudiada delicadeza mientras señalaba con su índice artrósico y renegrido la garganta de la mujer .
-La sortija sólo, Magrazo –respondió cortante-; que la crucecilla es regalo del primer sueldo del hijo y ésta no me la juego.
      -En ese caso, buena es la sortija en siendo de oro. Ya sabe, Doña, que hay que  distraerse; y que yo, por ayudarle en lo del hijo, lo que sea. Aquí tiene TREINTA –dijo con énfasis teñido de estudiada complicidad, ofreciéndole los billetes a la mujer por debajo de la mesa con disimulo.
      -Valer, vale más de ochenta, Magrajo, y tú lo sabes -le contesto ella sin levantar la mirada.
         -Eso será de día, Doña, y sin pago a domicilio como aquí -respondió el hombrecillo aparentando humildad.
      -¡Bueno está, hombre de Dios; bueno está! Que por dinero yo nunca he discutido.
      -Que es usted muy Señora, Doña. ¡Por éstas son cruces! –Y se llevó a la boca la mano derecha con los dedos pulgar e índice cruzados toscamente, como si fueran dos pequeñas garras usureras y perjuras.
      El hombre le entregó en dinero con discreción. Ella se sacó la sortija del dedo sin demasiada dificultad y la dejó encima del cristal de la mesa sin atender al movimiento de las manos de Magrajo.
      Luego, los dos guardaron silencio.
      Él se retiró de la mesa discretamente, buscando con los ojos el cierre de otro trato con que acabar el día.
      Ella siguió jugando envuelta en la marejada de sus recuerdos dorados y sus miedos inminentes.
      Hasta que, a eso de las tres de la mañana, en la penúltima partida de la noche, cantó, con voz estrangulada, y con el corazón puesto en el nombre del hijo, el bingo acumulado que tanto había esperado y que tanta hambre había sedimentado en sus entrañas; ¡el de los NOVENTA MIL EUROS!
*   *   *
 III
      Poco era lo que a aquellas alturas quedaba por pagarle al Banco de la hipoteca de su entrañable casa después de haberse pasado toda la vida ajustando las cuotas mes a mes. Con menos de seis mil euros, la canceló. Lo demás, para el hijo, que vino a verla de forma inmediata, nada más conocer la noticia de la oferta materna, sin poner esta vez por delante a la novia ni echarle cuentas al trabajo y a lo que iban a descontarle.
      Ella lo recibió con los ojos enrojecidos, pero no por el sueño acumulado en cada noche, como otras veces, sino de tanta lágrima contenida y liberada por fin durante toda la madrugada, mientras paseaba su alegría por el escaso recinto de su casa acariciando fervorosamente las paredes, ¡POR FIN SUYAS! Después de tantos años de temores cada vez que se acercaba el vencimiento de un recibo de hipoteca siempre al límite de sus escaseces.
      El hijo no podía quedarse a almorzar. –Sólo el desayuno, madre; que esta tarde hemos pensado en ir a ver los muebles y no quiero hacerle esperar a Carmen- Había dicho con voz urgente. Le sirvió al hijo café caliente del bueno, negro y aromático; de ese que no entraba en su casa desde hacía años; recién comprado. Mientras él se lo bebía a toda prisa, sin pararse a tomarle el gusto a aquel lujo, ella fue poniendo encima del mantel hasta el último euro, sin retirar siquiera para llenar la alacena, porque, a fin de cuentas, el hijo se iba y para ella sola poco necesitaba ya; su tarea había terminado. Ya no tendría ni el recibo mensual de la hipoteca ni el gasto de los cartones de bingo de cada tarde. Su empeño estaba cumplido.
*   *   *
         El hijo apenas pudo terminar de beberse el café antes de irse. Esa misma tarde tenía sus planes hechos. Y, al día siguiente ‑dijo- lo esperaban en casa de su novia para ayudarle a sus suegros a solventar unos problemas bancarios y no podía fallarles a unos viejos que confiaban en él como en un hijo propio. Que para eso estaba la familia: para sacarse de apuros.
*   *   *
      Aquella maldita carta llegó antes de terminar el año. Y con ella se le acabaron las pocas ganas que le quedaban de seguir respirando. ¿Acaso no le habían quitado un buen pellizco de impuestos antes de entregarle el talón de los siete millones del premio? ¿Acaso no se había gastado ella en dinero y en sueño su pensión y sus ojos? ¿Qué era aquello de la declaración de la renta? ¿Qué era lo de los ingresos irregulares? ¿Qué tipo marginal...?
      ¡Y lo de la retención de la donación al hijo...! ¡Pero si era dinero salido de su propia sangre y ganado para el hijo...!
      Recorrió ventanillas; rogó como nunca su orgullo de “gente-bien-venida-a-menos” le había permitido hacer; imploró en los altares en silencio lo que no se atrevía a demandarle al hijo después de que, al insinuarle su drama por teléfono, se limitara a increparle agriamente  gritándole antes de colgarle “que ella sola se había buscado el lío y que se apañara ella sola, porque ya no sabía  más que hacer tonterías".
      Por mucho que pensaba y calculaba, no le salían las cuentas. Lo que tenía que pagar engordaba cada día. Eran aquellos chocantes impuestos, más la multa por no declarar el bingo acumulado, más los intereses de demora, más...
      Más lo de la retención de la donación que ella pensaba que le pertenecería pagarlo al hijo pero...
      ¡Más otros intereses más!
      ¡Más..., más...! ¡MENOS!
*
      Acabó convenciéndose de que nadie, ni del cielo ni de la tierra, le echaría una mano esa vez.
      Por eso, antes de que le embargaran su casa, sacó una hipoteca nueva, que el Director del Banco le calculó para que le quedara algo que poder ahorrar de su pensión cada mes; aunque fuera una miseria. El caso era poder comprar algo rico de comer para cuando viniera el hijo por Navidades.
*
IV
     Ahora, por las noches, acostumbrada como estaba a dormir poco con la tarea del bingo, se desvela. Entonces, echa cuentas de todos los plazos que tiene que pagar con la nueva hipoteca y de todos los años que aún deberán pasar hasta que la casa esté segura. Y se inquieta pensando que no podrá ser ella quien acabe de pagar tantísimo recibo. Hasta en eso le va a fallar al hijo: mira que no alcanzarle la vida para poderle remediar el asunto…
      Su última pena -piensa- será morirse dejándole al hijo la carga de una casa con una hipoteca superior a la que tenía cuando empezó lo del bingo…
      Y todo -se reprocha en silencio- por perseguir como una loba en celo aquel maldito bingo acumulado.
      -Era para poder acercarle algo a las necesidades del hijo ‑trata de justificarse en voz alta que retumba en una alcoba demasiado vacía, demasiado fría para este invierno que empieza-. Pero debería de haberme enterarse primero de que todo. ¡Es que no podía haberle preguntado al hijo que sabe tanto de eso, como hacen sus suegros…!
      -Lo que pasa es que una es una ignorante…, una vergüenza para el hijo que está abriéndose camino con la carga de semejante madre encima de sus espaldas.
      -Hasta el sudor hay que compartirlo con los de Hacienda ‑vuelve a murmurar en voz alta-. Hacienda es una mala madre: o la alimentas con tu sangre o la Hacienda  se come tu propia casa.
      ¡Bingo! –grita ahogando un sollozo… ¡Bingo!
¡Un bingo en cuya faena se dejó las mejores tardes de su vida!
¡EL BINGO!
*
V
        El invierno se anuncia demasiado largo para poder resistirlo en soledad hambrienta. Seguro que el hijo no querrá venir a contemplar el estropicio.
 
-Tiene razón el hijo –murmura, ahora muy bajito para no tener que oírse a sí misma, mientras cierra los ojos cansados en medio de la oscuridad de la noche vacía-.
Los huesos se le hielan igual que el último pensamiento  que le alcanza antes de descolgarse sueño abajo:
-Tiene razón el hijo –repite- Ya no sirvo para otra cosa que no sea hacer tonterías.
                         
Roma. Marzo 1997                                               
MARINEDA 1/08/2007

 


[1] Primer Premio de Relato Corto  “VILLA MARÍA".      La Coruña.       24.09.1999.  

viernes, 24 de junio de 2016

YO TE QUIERO, PANCHO



 ¡Yo te quiero, Pancho! Que me muera aquí mismo si no es verdad que te quiero.        
Tú bien sabes que tengo pocas luces, y que sigo lo mismo de tonta que siempre. Que, como decía Madre, no había cristiano que pudiera hacer carrera de mí. Y todo porque, cuando por el tiempo de la aceituna me llevaba al tajo, yo tardaba todo el día en llenar una esportilla. Pero es que, Pancho, yo no comprendía para qué había que llenar la esportilla si encuantico estaba llena tenía que ir a vaciarla en la criba grande o en el esportón del Manigero y, ¡hala!, a empezar a llenarla otra vez. A mí se me figuraba que aquello sí que eran tonterías mas grandes que mis dichos y que mis maneras.
Madre no se cansaba de decirme tontorrona pero es que a mí se me  arrodeaba el talante cuando me apremiaba para que me aplicara a una tarea tan sin provecho.
A mí se me antojaba que, en la aceituna, lo mejor de la faena era lo que desempañaban los vareadores, tan tiesecicos ellos en lo alto del ramaje, espantando gorriones tardíos con sus varas y mirándole las senaguas a los nublos. Pero encuantico  yo agarraba una vara el Aperador empezaba a tupir a Madre como un demonio:
-¡Catalina!, o atas corto al pendón de tu hija o te despacho del tajo. Que mira la muy marimacho, que no hace otra cosa que estorbar a los braceros y entrarles de mala manera con las vergüenzas al aire. Luego, si pasa algo, no irás a pedirle cuentas a los pobres si le responden como Dios manda; que mira que los está provocando todo el santo día y bien que se sujetan ellos; que un hombre es un hombre y no entiende de tontas cuando lo hurgan en la hombría. ¡Catalina...!

        Madre se ponía colorada como un tomate pero ni le contestaba al Aperador para no disgustarlo mayormente.
Si tendría pocas luces que no me percaté de lo preciso que era llenar y vaciar esportillas hasta que no te pusieron a ti detrás de la criba y empezaste a echarme aquellas ojeadas…, y aquellas risicas como de cariño con las que me mirabas cada vez que me arrimaba con mi capaza llena. Entonces sí que me entraron las urgencias…, que tú mismo decías que ni las mujeres mas recias de la cuadrilla me echaban la pata por encima ni me ganaban a juntar aceituna. Tú te recordarás, Pancho, que me dejaba las uñas entre la escarcha de los terrones de los ruedos, y los pellejos de los dedos se me saltaban de tanta helazón que escupía la amanecida, con tal de llenar la espuerta y poder verte de cerca cuando iba a vaciarla. De verdad que yo nunca he tentado un suelo más duro ni más arisco que ese en el que se agarran las aceitunas, a las siete de la mañana, cuando la noche está rasa. Por eso me gustan tanto los nublos en tiempo de aceituna: te mojan pero no te revientan los sabañones. Por eso y porque el Amo le tenía mandado al Manijero que, cuando lloviera, holgáramos en la cocina de los caseros mientras escampaba, y allí podía juntarme contigo sin que Madre rezongara.
Madre siempre me estaba porfiando:

-Pero ¡pedazo de tontorrona!, ¿cómo te piensas tú que un mozo como ése te pretenda a ti habiendo tantas mozas con la cabeza en su sitio? Lo único que quiere es lo que quieren todos, hacerte una barriga y luego ¡a correr, que la sangre es ajena…!

Tú la perdonarás, Pancho; pero es que ella, con lo listísima que era, de cariños entendía poco; que a Padre nunca le escuché dirigirle la palabra si no era para despreciarla y ofenderla diciéndole que no servía para otra cosa que no fuera parir mastuerzos. Padre, cuando decía aquellas cosas me señalaba a mí; pero es que yo me pienso que él se sentía muy afrentado con mi simpleza delante de la gente del Pueblo, y a alguien tenía que echarle el muerto. Y no iba a pagar la rabia con los de fuera de casa, que para eso está la familia…
Yo no sabía lo que era cariño hasta que tú me quisiste…. ¿Y qué iban a entender Padre y Madre de lo nuestro si ellos no se tenían roce ni para insultarse…?; que te lo digo yo, que en eso del cariño sí que se distinguir gracias a ti, y lo entiendo como si fuera una maestra….
Y es que, Pancho, cuando aquella mañana en el tajo me agarraste las manos y empezaste a chuparme la sangre que me chorreaba por los dedos helados, despacico…, despacico…, mirándome a la cara de reojo, yo, en mi cortedad, me alboroté por dentro de semejante manera como se alborotan las tórtolas entre los caíllos y los abrojos por el buen tiempo. Y entonces me pensé: de éste debiera aprender Don Nicolás, el Médico, a quitar dolores; que me ha amainado el escozor mismamente con la calor de su saliva, y tal parece que me haya disipado en los sesos la bruma la tontera. Que  hasta el helamiento de los huesos se me ha ausentado.
Me pienso yo, Pancho, que si de verdad soy tan tonta como dicen pues que bendita sea mi pavera que me alcanza para quererte de esta manera tan llana. A nadie he querido yo como te quiero a ti, Pancho.
A Madre, aunque estuviera siempre diciéndome tonta, le tenía un apego muy grande, y muy blandico,  y muy afanoso.  Y siempre estaba rastreándola con reojos y acechando su mirar, por si me tenía un desaire por mis simplezas. Algunas veces hasta me  echaba una sonrisa, o me pasaba la mano por los pelos… y, entonces, era como si reventara y me abriera como las granadas por Septiembre. ¡Ay!,  bien que me duelo de no tenerla ya conmigo, que otro gallo me cantara si ella estuviera. Que me pienso yo que  por encima de mi tontera nunca se le despintó hacia mi persona el apego de madre.
        A quien le tenía de verdad querencia era a Doña Medarda, la Maestramiga. Que ésa sí que se halló conmigo y me entendió en mi ignorancia. Yo de letras, pues ya sabes; que entonces se me figuraba ser muy engorroso lo de escribir. Pero, cuando se lo decía a Doña Medarda, en lugar de tupirme o de rebajarme me decía:

-Mira, Catalinilla; no escribas si se te hace trabajoso. Como a ti lo que te prueba es pintar pues pinta letras y luego les pones nombres.

Yo le hice caso, porque para mí lo de pintar ya sabes tú que es lo que más me gustaba en el mundo. Y mira tú si pintaría letras en la Escuela de Doña Medarda que aprendí a dibujar hasta tu nombre; ¡que hay que ver lo que te gustaba el cómo lo hacía!:


A Padre le perdí el apego cuando, en casa del Cura, le pinté lo que hacíamos tú y yo debajo del Puente y por los cañaverales de la Vega. Pero no te creas que salió de mí el pintar lo nuestro. Es que se pusieron los dos a porfiarme de una manera que me metieron el agobio en el cuerpo, sobre todo el Cura, que decía que me iba a ir al infierno si no me confesaba de mis pecados; y yo para esclarecerles que lo que tú y yo hacíamos no podía ser un pecado, porque aquello era  lo que los ángeles tendrían que estar haciendo en la gloria  cada día, se lo pinté; y el Cura se santiguó y me mentó con una referencia que no se qué quería decir pero era más malo que lo de  llamarme tonta por cómo le echaban ascuas los ojos. Y Padre me atizó un guantazo que se me saltaron las lágrimas. Y todo por quererte. ¡Porque mira que te quiero, Pancho!
        Bueno, como te iba diciendo, pues a Padre le perdoné lo del sostrazo. Pero lo que no le perdoné fue que me llevara en casa de la Comadrona; y que la Doña Pepita empezara a hurgarme con unas tenazas largas en las entrañas como si fuera a arrancármelas; que hasta me puse a chillar y se me saltaban las lágrimas por encima de la vergüenza de ver a Padre fijo en mis partes con esos ojos chiquitillos y apretados que tiene, que parecen pozos ciegos…. Y todo porque había dicho el Cura que lo que naciera, si nacía, sería un pendón pecaminoso en manos de una “majadera” sin remedio.  Yo no sé lo que es una “majadera”. Pero… ¡si yo te contara cómo me dolían el cuerpo y los sesos con lo que tuve que aguantar en casa de la Comadrona…!
        Luego ya no me dejaban salir a la calle para que no se repitiera la preñez; hasta que a Madre le entraron las ciciones, y a Padre todo se le hacía poner a calentar calderos en la lumbre para, cuando le volvieran las tercianas, poder amainarle las tiriteras. Ya no se ocupaba de otra cosa. Era como si el aliento de la muerte que rondaba por la cabecera de Madre le estuviera sacando a Padre del cuerpo un apego que nunca había demostrado.
Entonces, tú te recordarás de eso,  yo me escapaba a la Vega a ver si te veía. Y cuando ibas llegando yo te chistaba desde los cañaverales con aquel cuchicheo tal que semejante al de las perdices que tú me enseñaste. Y, si alguna tarde que no llegabas, a mí se me abrían las carnes y se me anochecía el talante.  Entonces en el Pueblo empezaron a llamarme putón además de tonta, y se corrió la habladuría de que tú le habías quitado la honra a Padre. Y le sacaron aquella copla tan afrentosa que ahora me cantan a mí… Hasta que Padre se calculó para sus adentros que la honra solamente se lava en sangre…
        Ya te he contado en otras cartas que me puse peor de la sesera cuando Padre te descerrajó el tiro. Yo creo que lo hizo para aliviarse de la faena de tener que vigilarme a mí la barriga y a Madre las calenturas.
Te juro que cuando te vide muerto a la vera de Padre se me encendió tanto odio por él como querencia te tuve a ti. Pero, pensándolo bien, todo no ha sido tan malo; ya no hay nadie que pueda hacerme la contra ni quitarme al novio; porque, desde que te tengo aquí enterrado, ya eres como mío de verdad y puedo venir a verte y meterte cartas por la juntura de la losa para que te hagan compaña. Tú habrás visto que no te he faltado ni un día. Todas las santas tardes, desde que te dieron tierra, aquí he estado yo, con mi carta de amor de cada día, como si donde te hubieras ido de verdad es a la “mili” y yo te estuviera escribiendo al otro lado del charco, como decía Doña Medarda cuando le escribía a las analfabetas cartas para sus novios. Yo por lo menos me aprendí a dibujar las letras para poder decirte lo mucho que te quiero. Porque ¡mira que te quiero, Pancho!
        Pero hoy tengo que decirte algo malo, y es que ya ha salido el juicio y le he oído a la Ricarda, la barragana, que a Padre se lo llevan a prisión de por vida. Te recordarás que te lo escribí; que por la Pascua, cuando se murió Madre, a Padre lo soltaron, hasta que saliera la sentencia, para que se ocupara de mí y me buscara acomodo. Pero ¿quién iba a querer cargar con un ser como yo que, como dice el Cura, soy un pedazo de carne con ojos, con un buche que no se llena nunca y con una boca que dice lo que nadie quiere oír?  Y, para colmo, -dice-, pendón sin enmienda.
¡Ay, Pancho!; si no te hubieras muerto ahora tendría donde recogerme. Que bien que me lo decías cuando lo nuestro: -mira, Catalinilla; vámonos a vivir juntos al chozo que tengo en la Vega, que a nadie puede incomodarle que nos queramos y que estemos bien casados-.  Pero el Cura sin querer casarnos porque decía que Dios no quiere casamientos de tontos. Y Padre, tan cerril…, ¡mira que lo que te hizo…!
Ahora dicen que, cuando encierren a Padre, a mí me van a meter en el asilo. Que ni pensión me queda para que alguien quiera recogerme a cambio de cobrarla. Así que no te extrañará que no venga a verte más por las tardes y que no te pueda mandar más cartas.
        Y no es porque no te quiera escribir de lejos. Yo le pregunté al Cartero que si a los muertos le llegaban las cartas poniéndole bien las señas, por si podía seguir escribiéndote. Pero no te voy a referir lo que me contestó el muy marrano porque hoy no quiero incomodarte; que si lo supieras me pienso yo que te levantarías de tu tumba y lo agarrarías por el pescuezo de semejante manera que enganchaste al Manijero la tarde que te dijo lo de “echarme un polvo todos juntos”, cuando nos pillaron a ti y a mi queriéndonos en los atrojes del grano. ¡Que hay que ver cómo te pusiste!, y sin querer destaparme el misterio de tu enojo; que fue la única vez que tú también me referiste de mala manera y me llamaste tontorrona. Y no se me olvidará nunca el abrazo que me diste luego, mientras te lloraban los ojos como si fueras chico, viéndome llorar a mí. Yo no me recuerdo que nadie me haya dado en mi vida un abrazo llorado como el tuyo de aquel día. Por eso te juré, como tú me reclamaste, que siempre me iba a quedar a tu vera aunque cayeran chuzos de punta; pero ya te darás cuenta que no puedo remediar lo que remedio no tiene; que cuando se lleven a Padre a mi me encierran en el Asilo porque no puedo apañármelas sola. Ahora sí que nos separan de verdad, Pancho; y nos va a poder la vida en lo que la muerte no nos ha podido.
        Así que, si Dios no lo remedia, ésta tiene que ser mi última carta, porque de seguro que mañana me llevan a ese sitio que te he referido.
        Si puedo escaparme, por mis muertos te juro en esta tumba que me escapo para venir a hacerte compaña. Pero, si Dios no me da luces para encontrar el portillo por el que escaparme, que sepas por esta carta, que es la última que te meto en la tumba, todo lo que te quiero. Porque ¡yo te quiero, Pancho!

                                                   Marineda 21 de Diciembre de 2001.
                                                           Gaviola de Aznaitín





Segundo Premio de Relato Breve MIRAMAR. Del Colegio de Abogados de Málaga





              EN LA ERA...

Antes de cerrar la noche
al dar de mano aquel día,
se puso el primer lucero
amarillito de envidia.
Fue por Agosto, la era
preñada y recién mullida
nos sirvió como canasta
inocente y encendida.
Casi sin querer rozaste
con cabecillas de espiga
un recodo de mi cuerpo
que en ansias se consumía,
mientras le ponías canciones
a la líquida rutina
del discurrir de la acequia
que remansaba cansina.
Yo corté dos amapolas
rojas como mi fatiga
y en el centro de la era
te reté con florecillas
metiendo  en ellas los besos
que entre los labios me ardían.
Sin terminar de querernos
nos pilló la amanecida
hurgándonos en el cuerpo
con ansias de mas caricias
Le pedí al aire toallas
y al amanecer cortinas
para secar mis sudores
y taparme las fatigas
que se me estaban subiendo
pecho adentro, cara arriba.
Y me atusé con desgana
dos o tres pajuelas chicas
que con aquellos trajines
entre el pelo se escondían.
Tú te pusiste a la trilla;
yo con los haces de espigas
a cortarle los ramales
que en el tajo les ponían.
Y los dos a murmurarnos
con maliciosas risillas
la buenura de la noche
tan llena de picardías.
Antes de llegar la siesta,
casi por el medio día
se vino el viento solano
sobre la parva extendida
mientras renegaba el Amo
hablando de horas perdidas:
que si se pone a llover
esta  parva se extravía...
que si esto..., que si lo otro...
que está lista la maquila...,
que se arrejuntan las granzas
con el trigo de la orilla...
que si dicen que rezongo...
que este  ventarrón me ruina....
Entonces, como los vientos
abaleaban con ira
y a la contra aquella parva
juntando pajón y espigas,
perdiéndonos, camastrones,
tras los costales de harina
nos echamos a querernos
para aprovechar el día.

La Pililla



  34/2014
Foto de Juan José Pozo

(Paisajes de un Bedmar en blanco y negro)

 La Pililla era entonces como la Tierra Prometida. El alfa y el omega de todos los sueños de verano adolescente, el líquido derroche del agua interminable, el punto de referencia de todas las historias.
La Pililla era el principio y el fin de todo en nuestro Pueblo.
“Alárgate a por agua a La Pililla” –le decía el ama a su moza cuando el cántaro amenazaba sequía, y la moza ansiaba querencia de ojos.
“Ni se t’ocurra pasar de La Pililla” –le conjuraba la madre a su quinceañera, más temerosa de lo que tuvieran que decir las otras madres sobre su hija que de lo que su hija pudiera hacer si traspasaba las últimas bombillas encendidas y sin apedrear del Pueblo.
“Párame en la Pililla” –le decíamos a la camioneta de “Los Albanchurros” cuando, por finales de junio, nos acarreaba la adolescencia desde el Colegio de las Carmelitas de Jaén, camino de los desmanes del verano.
Alfonsico el Cherra, el cabrero librepensador, que era un descreído que se pasaba la vida mentando a Dios malamente, -y apedreando con su honda por la almendrera a los primaverales ladrones de allozas-, cada vez que iba de mala gana a ver la entrada de La Virgen, remoloneaba calculando con ojos expertos los dos caños de agua del pilar de La Pililla, los comparaba con el venero de lo que todavía echaba la alberca grande del Barranquillo, y se decía para sus adentros: “no permita Dios que tenga yo que ver la merma de lo mío”. Y Dios, de tanto sentirse mentar por un impío, no permitió que los ojos de Alfonsico el Cherra vieran secarse el venero del cortijo donde dicen que servía por lo que servía, y lo dejó hasta que dio su última boqueada seguir curtiendo sus pellejos en la alberca que ahora casi se muere de sed,.
Las cabras de Juana la Tufos eran muy señoritas y, en lugar de triscar por trochas alejadas, se quedaban ramoneando por el Pelotar. Luego, a eso de las cinco de la tarde, Juana las bajaba hasta un escaso bosquecillo de ailantos que había en la carretera de arriba, a mitad de camino entre El Barranquillo y las primeras casas del Mundo Gráfico, y esperaba mi vuelta de la escuela de Doña Ramona para ordeñarme una de sus cabras directamente en la boca. “Nena –decía manteniéndome bocarriba debajo de su cabra- si es que, dende que se te murió tu pápa, t’as queda’o mu seca”. Después del ordeñe, Juana bajaba con sus cabras hasta el abrevadero de La Pililla para que el agua fresca les repusiera en sus ubres lo que la largueza de la cabrera les había mermado en mi boca, y no tuviera que pagar su largura en correazos.
Mucho tengo yo que agradecerle a Juana la Tufos, porque me pienso yo que aquellos ordeñes sin hervir, de la teta a la boca, me vacunaron para siempre de las ziciones, -ésas que los entendidos mientan como “fiebres de malta”-. Y me sanaron de ser una escolimada asquerosa.
Por las mañanas, antes siquiera de que el mirador de Aroma de Mágina soñara con ponerle ventanas de palco al Cerro Aznaitín, la Pililla era el tendido de sombra desde el que guipar de balde los galanteos de los primeros rayos del sol asomando por detrás de La Serrezuela, con los impudores desnudos del último cerro de Sierra Mágina.
Por las tardes, y con las calorinas de los quince años metidas en el cuerpo, aprendíamos alrededor de La Pililla a jugar al “ramalico caliente”, viendo cómo el Cerro engatusaba y se bebía los últimos rayos que, mientras acariciaban la piedra viva, le iban poniendo peinillas de luces cenitales antes de echarse a dormir.
A esas horas, empezaban a llegar al Pilar, desde las huertas, reatas interminables de mulos y de borricos cargados de todo lo que el vergel diera, para vender al día siguiente en la Plaza de Abastos de Jódar, y aún algo que apartar para la pipirrana de la casa propia o para el ponche del llano, donde se tomaba la fresca contra los sofocos con los que respiraba el Pueblo.
Por entonces, en Jódar quitaron el lavadero del Andaraje y el Pilar de la Plaza, porque les pareció que era más bonica una fuente de taza con chorrillos volanderos, que aquella añeja ordinariez de dos caños tan llena de siglos y de chismorreo de aguaderas. Pero en Bedmar, como éramos menos señoritos, conservamos nuestros pilares –menos uno: el del Camino Viejo- sin canalizarle al agua sus ansias de raudales.
Por lo que me han contado, en Jódar, cuando se dieron cuenta de  que las moderneces acaban con la historia propia, se pasaron años buscando el despiece de su mala cabeza para poder armar de nuevo su pilar fenecido. Creo que nunca pudieron encontrar las piedras con aquellos senos donde aguantar los cántaros mientras se llenaban hasta el gollete.
La Pililla, sin embargo, ahí sigue, como entonces, para sujetarme la memoria en su sitio ahora que empieza me flaquearme la vista.
Aunque me pienso yo que antes no había en el Pilar peces de colores, sino ranas, ovas y sanguijuelas…
¿O será que ya no me acuerdo bien, y confundía los peces de colores con el espejeo del sol bajo sus aguas…?

En “CasaChina”. En un 23 de Junio de 2014