viernes, 24 de junio de 2016

La Pililla



  34/2014
Foto de Juan José Pozo

(Paisajes de un Bedmar en blanco y negro)

 La Pililla era entonces como la Tierra Prometida. El alfa y el omega de todos los sueños de verano adolescente, el líquido derroche del agua interminable, el punto de referencia de todas las historias.
La Pililla era el principio y el fin de todo en nuestro Pueblo.
“Alárgate a por agua a La Pililla” –le decía el ama a su moza cuando el cántaro amenazaba sequía, y la moza ansiaba querencia de ojos.
“Ni se t’ocurra pasar de La Pililla” –le conjuraba la madre a su quinceañera, más temerosa de lo que tuvieran que decir las otras madres sobre su hija que de lo que su hija pudiera hacer si traspasaba las últimas bombillas encendidas y sin apedrear del Pueblo.
“Párame en la Pililla” –le decíamos a la camioneta de “Los Albanchurros” cuando, por finales de junio, nos acarreaba la adolescencia desde el Colegio de las Carmelitas de Jaén, camino de los desmanes del verano.
Alfonsico el Cherra, el cabrero librepensador, que era un descreído que se pasaba la vida mentando a Dios malamente, -y apedreando con su honda por la almendrera a los primaverales ladrones de allozas-, cada vez que iba de mala gana a ver la entrada de La Virgen, remoloneaba calculando con ojos expertos los dos caños de agua del pilar de La Pililla, los comparaba con el venero de lo que todavía echaba la alberca grande del Barranquillo, y se decía para sus adentros: “no permita Dios que tenga yo que ver la merma de lo mío”. Y Dios, de tanto sentirse mentar por un impío, no permitió que los ojos de Alfonsico el Cherra vieran secarse el venero del cortijo donde dicen que servía por lo que servía, y lo dejó hasta que dio su última boqueada seguir curtiendo sus pellejos en la alberca que ahora casi se muere de sed,.
Las cabras de Juana la Tufos eran muy señoritas y, en lugar de triscar por trochas alejadas, se quedaban ramoneando por el Pelotar. Luego, a eso de las cinco de la tarde, Juana las bajaba hasta un escaso bosquecillo de ailantos que había en la carretera de arriba, a mitad de camino entre El Barranquillo y las primeras casas del Mundo Gráfico, y esperaba mi vuelta de la escuela de Doña Ramona para ordeñarme una de sus cabras directamente en la boca. “Nena –decía manteniéndome bocarriba debajo de su cabra- si es que, dende que se te murió tu pápa, t’as queda’o mu seca”. Después del ordeñe, Juana bajaba con sus cabras hasta el abrevadero de La Pililla para que el agua fresca les repusiera en sus ubres lo que la largueza de la cabrera les había mermado en mi boca, y no tuviera que pagar su largura en correazos.
Mucho tengo yo que agradecerle a Juana la Tufos, porque me pienso yo que aquellos ordeñes sin hervir, de la teta a la boca, me vacunaron para siempre de las ziciones, -ésas que los entendidos mientan como “fiebres de malta”-. Y me sanaron de ser una escolimada asquerosa.
Por las mañanas, antes siquiera de que el mirador de Aroma de Mágina soñara con ponerle ventanas de palco al Cerro Aznaitín, la Pililla era el tendido de sombra desde el que guipar de balde los galanteos de los primeros rayos del sol asomando por detrás de La Serrezuela, con los impudores desnudos del último cerro de Sierra Mágina.
Por las tardes, y con las calorinas de los quince años metidas en el cuerpo, aprendíamos alrededor de La Pililla a jugar al “ramalico caliente”, viendo cómo el Cerro engatusaba y se bebía los últimos rayos que, mientras acariciaban la piedra viva, le iban poniendo peinillas de luces cenitales antes de echarse a dormir.
A esas horas, empezaban a llegar al Pilar, desde las huertas, reatas interminables de mulos y de borricos cargados de todo lo que el vergel diera, para vender al día siguiente en la Plaza de Abastos de Jódar, y aún algo que apartar para la pipirrana de la casa propia o para el ponche del llano, donde se tomaba la fresca contra los sofocos con los que respiraba el Pueblo.
Por entonces, en Jódar quitaron el lavadero del Andaraje y el Pilar de la Plaza, porque les pareció que era más bonica una fuente de taza con chorrillos volanderos, que aquella añeja ordinariez de dos caños tan llena de siglos y de chismorreo de aguaderas. Pero en Bedmar, como éramos menos señoritos, conservamos nuestros pilares –menos uno: el del Camino Viejo- sin canalizarle al agua sus ansias de raudales.
Por lo que me han contado, en Jódar, cuando se dieron cuenta de  que las moderneces acaban con la historia propia, se pasaron años buscando el despiece de su mala cabeza para poder armar de nuevo su pilar fenecido. Creo que nunca pudieron encontrar las piedras con aquellos senos donde aguantar los cántaros mientras se llenaban hasta el gollete.
La Pililla, sin embargo, ahí sigue, como entonces, para sujetarme la memoria en su sitio ahora que empieza me flaquearme la vista.
Aunque me pienso yo que antes no había en el Pilar peces de colores, sino ranas, ovas y sanguijuelas…
¿O será que ya no me acuerdo bien, y confundía los peces de colores con el espejeo del sol bajo sus aguas…?

En “CasaChina”. En un 23 de Junio de 2014

lunes, 2 de mayo de 2016

EN ELOGIO DE LA MENTIRA




25/2016

https://latintainvisible.wordpress.com/2016/04/29/el-desafio-de-la-creacion/#more-4018

         Aquí dejo un enlace en el que Rulfo, el Maestro, dice que los escritores somos mentirosos. Y digo yo que fue la mentira la que me salvó de ser una realidad abatida por la ordinariez que conlleva toda verdad desnuda.
        La verdad es zafia, ramplona y ostentosa como cualquier nuevo rico huérfano de discreción y de modales contenidos.
La verdad es desfachatada como una mujer desnuda en mitad de una Iglesia.
La verdad es chocarrera como un astracán junto al puesto de carne de oveja en un mercado de abastos.

           ¡Mentir o no mentir! Ésa es la cuestión y no la del “tubi or not tubi” del colega Shakespeare


        Pero… ¿Cómo se puede imaginar semejante abstracción cual es el prodigio de mentir aún antes de aprender a dibujar las vocales?
          Debe ser cosa de acasos y de predestinaciones.
Lo cierto es que, desde que tuve un mínimo de consciencia, tuve conciencia de que la verdad se llamaba impudicia.
El resultado de tan falsa reflexión no podía ser otro: me eché a garabatear mentiras sobre cualquier superficie capaz de soportar mis embustes sin el menor pudor, cual bellaca con calcetines tobilleros.
Al principio fue la liviandad del aire la que tuvo que apechar con mis mentiras –aún no sabía escribir-, y lo que es peor: con el silencioso dolor verdadero con que purgaba sus consecuencias: “¡al rincón! Las niñas buenas no mienten”.
Lo de ser una “niña mala” empezó a resultarme verdaderamente sanador, de forma que con un “vade retro” a lo magineroso, le solté un “echate p’allá” a lo del octavo Mandamiento de la Ley de Dios y me hice escritora, lo que –dicho sea de paso- me dio la clave para confesarme eufemísticamente de mi pecado sin redención ni propósito de la enmienda, y sin tener que cumplir penitencia alguna:
-“Padre me acuso de que soy escritora…”.
-¡Anda, hija, que eso no es pecado!
-Lo que usted diga, padre…
La salubridad de aquellas mentiras infantiles fueron cumpliendo años despiadadamente, primero en lo efímero de pizarrín y pizarra, donde un borrado a tiempo siempre me libraba de la tacha de falsedad de mi maestra. Luego fueron las libretas del Colegio del Santo Cristo, aquel donde “MadreFe” me castigaba el descaro índigo que dejaba en mis labios el lápiz mágico que mi saliva convertía en escritura indeleble de falseado remedo de tinta; incluso, a falta de hojas suficientes para los fines de semana, llegué a mentir con palillero, pluma de mojar y horribles faltas de ortografía sobre los lamparones del papel de estraza en el que envolvían el salchichón en la tiendecita de La Carrera, de nombre tan inquietantemente mentiroso cual era Ultramarinos Carreño.
El primer “boli” fue especialmente sanguinario con mis iniciales mentiras, vaciándose entero sobre una postal con palomitas y angelillos, en la que había invertido los ahorros de todo un año, mientras dibujaba mi primer corazón atravesado por una flecha. Su destinatario, un Pepe de quien no daré más razones porque hasta su nombre es una vieja mentira, nunca llegó a saber que una mañana de un 19 de marzo de hace tantos años que hasta sigo recordándola, escribí para él lo que él nunca leyó por aquel despiadado emborronamiento con que me castigó el “boli”:
       

Paloma que vas volando
entre lirios y violetas
dile a Pepe que lo quiero
y llevale esta tarjeta. 

Luego vinieron los cuadernos de espiral a los que se le podían arrancar hojas sin que nadie las echara en falta, y las “holandesas” que ahora las llaman “papel carta” en América y aquí han dejado de usarse; y el “papel de barba”, con su marca de sello de agua, que lo mismo servía para hacer un escrito jurídico en la ruidosa máquina de escribir de mi padre que para ponerlo de fondo en la lata de cocer mantecados para que no se pegaran.
-“Si te sobra un pliego, papá, dámelo, que quiero hacer palomitas de papel”-le decía arteramente instalada en mi condición de mentirosa vergonzante a un padre tan adicto y adepto a la papiroflexia como cruel detractor de cualquier cosa escrita por mí desde aquel día en que escribí un españolísimo y jodeño –lease galduriense- SanAntoño.
¡Qué le vamos a hacer! Me malicio yo –siquiera sea por no cargar con la culpa del SanAntoño- que mi padre, tan ¡viva España! él, detestaba la añosa virgulilla de la ñ desde que se enteró de que no era tan española como creía, y que lo mismo estaba en el alfabeto español de toda la vida que en el extremeño, el iñupiaq, el tágalo o el galleguiño de gaita morriñosa, anduriñas amantes y muñeira en bosque de carballos.

Quién me iba a decir a mí que sería la tal Mafalda, esa lenguaraz criatura parida por un mentiroso aún más consolidado que una servidora, quien vendría a confirmarme en mi profesión mentirosil y dicharachera. ¿A quién se le ocurre poner en boca de Mafalda semejante ordinariez como la de que es preferible machacarle los higadillos al personal a golpe de verdades que ponerse a la tarea de escribir loquerías, hasta que los de alrededor se parten las manos aplaudiendo, se rajan los labios bendiciendo a la madre que nos parió y se rompen la camisa como si les entrara un bitango de boda gitana?

Lo que yo os diga que, llegada a esta edad en color sepia que por fin me he ganado a pulso, no voy a empezar a enfrentarme con verdades tan ordinarias como la de que no quedan alientos para que se me parta el corazón cualquier día de estos. Así que, desmintiendo a la muy falsa de Mafalda, yo prefiero causar admiración contando mentiras, aunque me tenga que embadurnar en crema “BellaUrora”, empolvarme de colorete a granel y encenagarme el lagrimal con abéñula, que pisarle los callos a cualquier pretendiente de mentirijillas con una verdad tan mugrienta como la de que no nos queda ya tiempo suficiente para que se nos declaren los efectos secundarios de estas ciciones que nos acometen a los escribidores de toda la vida.
        ¿Queda claro?


En “CasaChina”. En un 2 de Mayo de 2016.

ALGUIEN ME RECUERDA EN...Mérida (Venezuela)


Cuando alguien me recuerda unas alas amorosas sobrevuelan mis espacios.
http://www.escritoresmerida.com.ve/escritores/socorromarmol.php#.VybuwzEUMYF

jueves, 17 de diciembre de 2015

LOS CAMPANILLEROS




 


       Debía yo tener muy pocos años porque todavía llevaba el abriguito azul marino con cuello de terciopelo del que sólo conservo los botones con anclas marineras.
De aquello han debido pasar ya muchos años, porque por la parte de atrás, el latón de los botones que conservo está demasiado oxidado para pensar que fue cosa de ayer mismo.
Y debía ser Navidad, porque las habituales y tristes bombillas de las esquinas llevaban varios días con refuerzos a su alrededor que se reflejaban en el charol de nuestros zapatos, y el escaparate de Los Gazquez no se apagaba por la noche para impedirle a los juguetes que se durmieran antes de que llegaran los Reyes Mágicos, o se escaparan a sus cajetas de cartón aprovechando lo oscuro.
Los botones de mi abrigo azul marino
El tiempo tras los botones
      El caso es que, embutida en mi abrigo azul marino con cuello de terciopelo y botones con anclas, con las luces de refuerzo sacándole brillo a mis zapatos de charol, y de la mano de mis padres, una tarde fuimos al Teatro Principal de Jódar, donde Barbarita, la inolvidable taquillera, nos vendió las entradas para escuchar cantar a La Niña de la Puebla.
       Ella, sobre el escenario, vestida de negro como un luto a destiempo, escondía su ceguera bajo unas gafas igualmente vestidas de luto sin alivio. Tras ella, a modo de campanilleros, sombras oscuras le arrancaban a los almireces su melodía callejera de fogones invernizos mal abastecidos.
En los campos de mi Andalucía...
       “Canta como un jilguero con los ojos pinchados” –le escuché decir a mi padre con emoción.
Corriendo el tiempo me  enteré de que los jilgueros que mejor cantan son  los ciegos, porque ninguna luz los distrae de sus trinos y se centran en lo que deben estar: en dolerse de sus ausencias y en reclamar presencias.
Ese día, en lugar de querer ser maestra o bombera, o princesa, o monja, o santa o puta…quise ser ciega, como La Niña de la Puebla, para poder cantar para mi padre y arrancar de su voz una emoción semejante.
A lo largo los años, varias veces regresé vehementemente a mi deseo de cerrar los ojos y cantar para alguien de esa manera que sólo los privilegiados tienen de cantar cuando el amor los vuelve ciegos.
Incluso me enceguecí cantando cuando no debía y amé ciegamente mientras me cantaba el corazón. Y eso no todos lo pueden decir.
A estas alturas de la vida, aún cierro los ojos, no ya para cantar, sino para recordar aquel villancico tan de mi tierra, tan de Andalucía…

Tan Magineroso como Los Campanilleros

Cuando la música se acaba, me quedo aún unos momentos más recordando. Porque lo que jamás olvidaré es aquella letra que en la voz de La Niña de La Puebla se convirtió en presente y presagio del resto de mi vida.
       Letras de Campanilleros, hay muchas. Pero estas Navidades me quedo con la de La Niña de La Puebla:

Toas las flores… / toas las flores del campo andaluz /al rayar el día llenas de rocío / lloran penas que yo estoy pasando / desde el primer día que te-he conocío /  porque en tu querer / tengo puestos los cinco sentíos / y me vuelvo loca sin poderte ver /.
Pajarillos…/ pajarillos que estáis en los campos / gozando el amor y la libertad / recordadle al hombre que quiero / que venga a mi reja por la madrugá / que mi corazón / se lo entrego al momento en que llegue / cantando las penas qu’he pasao yo.

       En “CasaChina”. En un 17 de Diciembre de 2015