domingo, 12 de agosto de 2018

DE RULOS BIGUDÍES Y DECIRES


71/2018


Foto Libro Escolar 1959
(Postales maginerosas)



Lo de los bigudíes tuvo que ser por el año 1959. 


Aquel año pasaron muchas cosas, aunque, para poder hablar de ellas, yo tenga que estrujarme la memoria y “desestrujarme” el corazón para poner en su sitio y en su orden los recuerdos y las penas, separando las chinas y las granzas de las simientes, lo mismo que se limpiaban por entonces los garbanzos o las lentejas de las cartillas de racionamiento.


Así que me pondré a ello comenzando por las Pascuas.


Como esta croniquilla va de lenguajes comparados y de dichos locales o comarcales tan nuestros, -que en eso si que tenemos abundancias- debo de comenzar ya a esclarecer que lo de “Pascuas” es como en Sierra Mágina se le dice a las Navidades, diferenciándolas de lo que por ahí se le dice a la Pascua de Resurrección, a la que nosotros le llamamos la Pascua Florida, y que es esa que viene  a jalearse en mitad del campo con hornazos, echando campanas al vuelo después de haberle hecho a Jesucristo todas las judiadas que puedan pensarse, cuando pocos meses antes estábamos toda la recua (“…a esta puerta hemos llegado/ cuatrocientos en cuadrilla/ si quieren que nos sentemos/ saquen cuatrocientas sillas”) bebiendo a la salud del Chiquillo:



Esta noche es Noche Buena

y mañana Navidad

saca la bota María

que me voy a emborrachar



Como puede verse, por estas tierras mías tenemos nuestra propia manera de hacer y de mentar las cosas, que es la mejor manera de tener también identidad propia, y mantenerla a salvo de quienes impostan pertenencias a tierras que se las dan de “más-mejores”, sin darse cuenta que su “mas-mejorío” se lo deben en gran parte a los “quienes” que desde aquí fueron a allí a arrimar el hombro cuando había tareas que hacer que los “quienes” de allí no querían hacerlas porque eso era para “charnegos”, para “maquetos”, o para gastarbeiter.


Don Ángel Mármol Torrente. Maestro y abogado; en Jódar
Volviendo a los recuerdos de aquel 1959, uno de los más confusos fue sin dudarlo el de las Pascuas, las últimas que pasé pudiendo disfrutar de un padre lleno de vida, de fuerza y de encanto, que apenas un mes más tarde dejaría su vida, -iba a decir en el mismo “asfalto” pero por entonces aún no había asfalto- en el mismo tramo de carretera a la salida de Jódar donde yo estrené la bicicleta “Orbea” que me trajeron los Reyes Mágicos ese mismo año.


1 de Febrero de 1959
Su muerte llegó con los primeros días de febrero. No había mediado el mes cuando las monjitas del colegio de las Carmelitas –“hay que prevenir piojos”- consiguieron de mi madre lo que mi padre había impedido como un jabato: que Modesto, el peluquero por excelencia de Jaén, me cortara mis largas trenzas, último bastión de mi niñez, convirtiéndome en una jovencita, (eso sí: muy triste) necesitada de media docena de bigudíes con los que meter en cintura aquellas greñas sin gracia colgadas por encima de los hombros hundidos hacia abajo para ocultar amagos de turbadoras turgencias.


Le compré los bigudíes a la hermana Nieves, que era la encargada del armarito de abastos, donde, con los pocos dineros que nos mandaban a las internas, igual se compraba un lápiz de dos colores, que un chicle bazoka; un tubo de leche condensada o de pasta de anchoas “yago”; un ochío o una pluma “ciros” –mi primera pluma “ciros” se la regalé hace poco a la escritora Gloria Nistal-; una novelita de la colección Escélicer, pasada por la censura/edad mediante el recurso a teñir de distintos colores los lomos de los libros, dependiendo de la recomendación para la edad de las lectoras o una medalla de la Niña María de un metal innoble.


Para finales de ese año 1959, tras mi primer verano sin padre, con una melena desastrosa y adolescente, y con muchos libros por leer (y por escribir), me mandaron –o me fui- al colegio de Madrid, uno de mis mejores recuerdos vitales. Conmigo me llevé mi media docena de bigudíes.


Se llamaban así: bigudíes. Tengo que reconocer que, hasta que no me talaron el pelo –y la infancia-, y me mandaron a Madrid, para mí no existían los “RULOS” como artilugios “pelambrerosos”, puesto que la única vez que me habían rizado los pelos, lo hicieron con una permanente que casi me achicharra la niñez encima de la cabeza.

 

Ya en Madrid, sin bicicleta, sin trenzas y con una infancia a medio arrinconar, una tarde me salieron al paso unas nenas vestidas de princesas de capital que, con unos rulos de colores en la cintura, se contorsionaban de mala manera, haciéndolos girar sin que se les escurrieran patas abajo; lo cual que, siendo yo tan de pueblo como sigo siéndolo –sin que se me apetezca dejar de serlo por mucho que me “encharneguen”- fui y le pedí a una de ellas que parecía más de mi cuerda que si me dejaban su “RULO”; a lo que me respondió con esa tontorronería que tienen todos los que no tienen pueblo-de-la-infancia que aquello no era un RULO, sino un ARO.


Como nunca he sentido vergüenza, y menos de lo de mi tierra, ni deseado parecer de otra sin serlo, lo primero que pensé es que aquella casichiquilla madrileña, a pesar de su vestido de organdí no era sino una pobretica finolis que no tenía ni idea de lo que era un RULO. 


¡Mira que llamarle “aro” a lo que fue, era y sería siempre un “rulo”!


Claro que aquellos rulos tan grandísimos y tan de colores –que luego me enteré que valían para lo del “hula hop”- no eran como los rulos de hierro que le hacían a los chiquillos en la herrería de Bedmar para que los guiaran con el alambre cuando no había más juguetes que los rulos del herrero, las cajetas de zapatos a manera de carrillos, las pelotas de badana, las peponas de cartón y las tomizas de esparto para saltar un “duble” o brincar a la comba.


Niña con aro. De RENOIR
Pero la madrileña del vestido de organdí, sin un mal pueblo que echarse al anca, no iba a venirme con que aquello que meneaba dando culadas no era un RULO, sino un ARO. 


¡Sabría ella!


Rulos, lo que se dice rulos, eran los de mi tierra: comenzando por los que guiaban los chiquillos rambla abajo con la única ayuda de una varilla de alambre, siguiendo por los “rulos de trillar” de las eras, tan llenos de dientes y de historias ensolanadas, pasando por los de apisonar la zahorra en las carreteras sin asfaltar y terminando por los de rizarse el pelo, que ya, metidos en moderneces, no se llaman bigudíes porque los que volvían de la emigración por las fiestas los llamaban RULOS que quedaba muy fino.
https://www.verpueblos.com/andalucia/granada/limones/foto/1153765/
¡Bueno está! Que en tierras de aceites vírgenes y de virginidades forzosas predicadas desde púlpitos rijosos, no quisiera yo olvidarme de nuestros RULOS más genuinos: los de los molinos de aceite; los que acabaron de adorno de muchas carreteras o de cenadores de nuestros cortijos después de acabar deslomados como muchos de nuestros paisanos.


Pensándolo bien, en esta tierra nuestra se han pasado tantas necesidades que, por no desperdiciar, somos capaces de mentar el mundo entero con una sola palabra, y de enseñarle español al mismísimo Cervantes si es preciso, con solo poner atención y escucharles hablar a los que se quedaron a guardarnos las calles de nuestros pueblos y las palabras de siempre.


Vamos a ver: un decir sencillico: el apaño de los chorizos viene a ser más o menos igual en todos sitios; pero lo de la butifarra de Bedmar o lo del ponche de melocotón es que no tiene pareja con nada. Porque… ¿De verdad hay una butifarra mejor que la de por aquí, por muy gris que quieran verla, o una bebida con mejores hechuras y bravuras que el ponche de melocotones del río Cuadros?


¿Y van a venir los de afuera, los que no saben lo que es un buen plato de andrajos, o unos borullos, o un amocafre o un minguillo... a enseñarnos ahora lo que es un RULO? 
Y todos esos que, cuando vamos a su tierra, nos mientan como nos mientan por haberles enrulado su economía y su hacienda, ¿van a venir a bailarnos en corro en lugar de jugar a la comba con nosotros sin pisarnos la guita?


¡Anda ya!



 En “CasaMagica”. En un 12 de Agosto de 2018


viernes, 10 de agosto de 2018

¡VA POR TI, QUERIDO MATÍAS!


69/2018




(Postales de Sierra Mágina)



        Tengo para mí que Matías es el último rojo que nos queda en Bedmar, dispuesto a ejercer de rojo genuino. Rojo de los de entonces, de cuando se distinguía entre llevar corbata o arrastras albarcas como signo de pertenencia, y en ocasiones como aviso de peligros de apiolamiento o de hambruna de maleta y emigración.

Y es que, desde hace tiempo, con lo que llevamos olvidado nosotros y aprendido la gente joven, ya no se mientan ni a los rojos ni a los azules, sino a las izquierdas y a las derechas. Y entre ambas, derechas e izquierdas, se van acomodando diestras y siniestras montaraces y trasnochadas que para mí tengo que tienen más de “a ver de dónde rebaño y saco tajada” a costa de una almorzada de crédulos que de verdaderos creyentes ideológicos. 


Donde hay tanto cuaderno por escribir y tanta historia escrita, ya no se llevan las pistolas. Ni las de juguete.


De Matías sé poco. Apenas, que un día íbamos en la misma dirección, yo en coche y él a pie, y le dije que se subiera para librarlo de la calorina que estaba cayendo sobre las calles del Pueblo y él aceptó con esa indulgencia propia de “a ver si hablamos”.

Se supone que Matías tendría que mirarme malamente por ser de la familia que soy (de las que llevaban corbata y tiene muertos “matarilados” en las tapias del cementerio de este Pueblo nuestro y en las fosas comunes de Paracuellos del Jarama); y yo tendría que mirarlo a él torcido porque fueron “los suyos” los que aquí y allí organizaron lo de mis muertos, mucho antes de que yo naciera. Claro que sus muertos vinieron después, en tiempos de paz, por las mismas sinrazones que los míos (no hay razón que autorice a acabar con una vida) y, quitados los que fueron fusilando de poco en poco en las cárceles de “la Victoria”, (NOTA: recordar mirar en el diccionario la acepción “eufemismo”) la mayoría de ellos nadie sabe bien dónde están ni a dónde ir a llorar por nuestras penas con la disculpa de llorarles a ellos.

Sucede, sin embargo, que yo, desde hace tiempo, no tengo ganas de gresca con ningún ser vivo por un quíteme allá ese muerto que nunca conocí. Y que Matías tengo para mí que, aunque siga hablando de muertos justos e injustos con justísimo des-convencimiento, o de ricos y de pobres con discutibles linderos, en el fondo, lo que tiene es la carne lacerada de emigraciones y menesteres que se quedaron en vía muerta como los trenes de la estación de Jódar.

Sea como sea, declaro abiertamente que, sin haber cruzado tres palabras, siento una especial debilidad –casi admiración antropológica- por este paisano mío tan rojísimo (pero de los de antes), y creo que no es otra cosa que una buena gente a quien le pilló la suerte en el lado de los menesterosos sin poder hace nada por remediarlo sino salir del Pueblo con el hatillo.

De vez en cuando nos cruzamos mensajes en Facebook, siempre cautelosos, -no sea que tengamos que renegar de lo que se supone que cada uno somos-, como el último que surgió al hilo de un cuentecillo mío que titulaba “HACER EL AGOSTO”, y que copio aquí resaltando ese encabezado de “Querida Soco Mármol Brís” del que tan necesitados estamos todos y yo la primera:

Matias Medina López Querida Soco Mármol Brís. Leído tu relato de Hacer el Agosto, mi curiosidad ha recaído en las eras privadas y las comunes del pelotar. 1ª El Barranquillo, D. Alejandro, D. Manuel.y también la Mahoma, aunque ésta última sí me suena que tuviese su propia era, los otros tres, no recuerdo yo que las tuvierais ¿Acaso porque no teníais tierra calma? 2ª Los Chamorros si las tenían eran las más célebres, aún hoy se recuerda el lugar. Luego estaban, la de Paco el Juez, la era Campas, que era la del cura, y supongo que en la Dehesa que era donde antes estaba la tierra calma (hoy no, ya son todo olivos) entonces había distintos cortijos, donde debían trillar y aventar sus cosechas. A ver si en tus relatos nos hablas, pienso que con bastante conocimiento... de las familias de Bedmar, (de los ricos de Bedmar,) qué fue de ellos. Por ejemplo, de la Niña Chamorro. (Dª Dolores Marín Ogallar. Ya sé que me dirás que de eso sé yo más que tú. Pero, ni por aproximación es así. Yo sé de los sucesos trágicos, que bueno son de conocimiento general, pero del testamento de Dª Dolores, no hay versión digamos oficial. Bueno queda a tú buen criterio. Un cordial saludo.



       Como de costumbre, leí entre líneas dos cosas: la inquina que Matías trata de mantener contra “los ricos” de Bedmar, a pesar de que se le nota que se le está disolviendo como el algodón de azúcar de la feria, y la extraña cercanía que hay entre Matías y yo a pesar de los pesares.

       Contestarle, le contesté, sin eludir alusiones a esas fincas que él tanto ha demonizado, y a esas diferencias sociales que siempre existieron, y que tan rematadamente mal gestionaron unos y otros, pobres y ricos, rojos y azules…, cambiándolas de mano a lo bestia en lugar de hacerlo como lo está haciendo ahora nuestra juventud: con INNOVACIÓN y CULTURA. Ésta fue mi respuesta:

Soco Mármol Brís Matías, querido, si hay algo que me fascina de ti es tu eterno afán de saber sobre las cosas más sencillas (que, por su sencillez, resultan ser a veces las más inquietantes). En este caso, son las eras, y su reparto por nuestro pueblo, la disculpa para indagar dónde las había y donde no. De ahí saltas a lo de los testamentos para ir acotando con nombres uno de ellos: doña Dolores Marín Ogayar y escudriñas en la dicotomía pobres/ricos de Bedmar. Ya sabes que no entiendo de "pobres y ricos" cuando tal entendimiento lleva al resquemor de viejos conflictos, porque lo mío es huir del conflicto añejo como de la peste. Y es que la vida me está resultando demasiado corta para dejar pedazos de pellejo en contiendas y rencores pasados, cuando el futuro es tan escaso y las gentes interesantes tantas; pero tu atención a mi articulillo me estimula a escribir sobre esas eras, cosa que haré en breve por la magia que me trae su recuerdo. Mientras escribo y no escribo sobre las viejas eras, te cuento que sí, en el Barranquillo, la finca de mi abuela, había una era, mágica para mí, porque en ella, cuando el verano se hacía insoportable, dormían al raso Rafael el Grajo (el casero de siempre) y su mujer, Antonia, quien nos contaba a los niños que por las noches la visitaban las ánimas y le tapaban la boca. ¿Hay algo más interesante que esas historias de ánimas en pena sin penas que redimir todavía? También en La Salina, nuestro cortijo, teníamos era, en el poniente de la casa, con vistas al Aznaitín y flanqueada por el canal. Y allí, sobre la parva, solíamos dormir al aire libre mis hermanas y yo, siendo niñas, junto con Juani (la Rogelia) nuestra niñera, cuyos padres murieron de hambre en el mismo mes, e Isabel, nuestra cocinera albanchurra, deliciosa mujer llena de frescura, cuya mente se quedó varada en los 15 o 16, cuando fue madre sin saber muy bien qué era aquello ni cómo sacar a su criaturica adelante; y cada noche nos contaba historias de "cuando ella estuvo en Nueva York", siendo que, fuera de Albanchez, ella jamás conoció otros horizontes que los de nuestros dos pueblos: Jódar y Bedmar. En aquellos veranos, cuando Isabel se callaba, yo me pasaba las horas esperando que vinieran las ánimas a taparme la boca -siempre identifiqué dormir en la era con la visita de las ánimas-. Nunca vinieron. Y aquí me tienes echando por mi boca verdades y mentiras a medias, que en realidad es la vida misma envuelta en misericordias: una gran verdad taraceada de mentirijillas con las que seguir viviendo. Te dejo un documentado enlace donde puedes seguir tu investigación sobre ajuares y herencias de nuestros pueblos. http://www.cismamagina.es/app_sumuntan/pdf/17/17-77.pdf LO MÍO NO ES LO DOCUMENTADO, SINO LO SENTIDO. Y siento que quiero enviarte un abracito.



      Mantengo y confirmo que lo que me pedía el cuerpo mientras respondía al mensaje de Matías era darle ese abracito que nunca nos hemos dado porque, en privado, no procede; y en público, a lo mejor nos acusaban de herejes y traidores a corbatas y albarcas.

Claro que, bien mirado, a lo mejor, a estas alturas de la vida es cuando se comienza a entender que tampoco era para ponerse a matar a diestro y siniestro. Y que, si en lugar de ir sembrando de muertos las cunetas y las tapias de los cementerios, hubiéramos llenado el mundo de palabras (y de abrazos al estilo del Abrazo de Vergara) https://es.wikipedia.org/wiki/Abrazo_de_Vergara posiblemente nos dolería algo menos el alma y los recuerdos.

Puestos a espurrear palabras, ¡va por ti, querido Matías!, te dedico, este poema con el que he participado este año en esa FIESTA DE LA PALABRA DE BEDMAR que es la CULVE (Cultura Veraniega) que con tanto primor y talento promueve nuestro joven Ayuntamiento y sostiene nuestra dialogante Diputación.




19/2018



EMIGRANTES



Han pasado los pájaros. Venían

muy cansados. Exhaustos. Estuvieron

toda la noche coreándole al ocaso.



Apenas descansaron. En sus alas

transportaban un lastre de distancias

que iban lacerándoles el vuelo.



En todos los aleros. Y en las ruinas.

Al pie de ese castillo sin memoria

quisieron anidar. Más no pudieron.



Han pasado los pájaros. Se oyó

un oscuro revuelo despoblando

del arraigado abrigo de las tejas.



Y proyectaban sombras. Fantasmal

sobre las melancólicas fachadas

jadeaba el rumor del abandono.



La sed de la almendrera. Los rumores

del verde polvoriento de las zábilas

tejen sombrías verticalidades.



Y más abajo el Valle. Y las adelfas,

el audaz el torreón sin armisticios

y el arrogante vuelo de las sombras.



Pero aquí, sobre el Pueblo

han pasado los pájaros. De paso.

Lo mismo que maletas de cartón.



Y han vuelto los membrillos.

Y gimen los olivos con un llanto

de inagotable aceite reanudado.



Recurrente el invierno. Y el otoño.

Atrás otro verano. Y otras vidas.

Han pasado los pájaros. Exánimes.



Quizá cuando los años nos inclinen

regresen nuevos pájaros azules

a repoblar almenas. Y esperanza.



En CasaChina. En un 6 de Julio de 2018