(Viaje
emocional: Jódar)
Porque CREER en lo de entonces es CREAR un para
siempre
Así comenzó lo
que a lo mejor un día es un libro que tome su título de la que fue mi casa de
segunda infancia −la primera fue en Bedmar−. Así comenzó a gestarse mi
<MÉNDEZ NÚÑEZ, 7>.
Quisiera comenzar por aclarar que, aunque no
todo lo que cuente en estas historias fue cierto, podía haberlo sido. Así que espero
nadie se irrite conmigo si mis recuerdos están algo aderezados por mi
imaginación de cuentacosas, o tienen carencias que no debieran tener. A fin de
cuentas, esto no es más que una manera de recuperar algo del tiempo que se me
escapó entre los dedos sin haberme dado cuenta.
Comencemos, pues, a ver lo que sale.
Ayer, de regreso a Madrid desde Málaga, a la altura de la vieja casa de postas, La Venta
de la Nava, me desvié de la autopista y elegí la ruta de Los Montes. Me acompañaba ese tibio sol otoñal de las dos de la tarde,
siempre amenazando con echarse a dormirlear.
La ruta
de Los Montes, esas sedientas inmensidades en las que tantos segadores nuestros
perdieron sus sueños y su saliva, merece una crónica especial que no voy a
hacer ahora, porque quiero llegar al pueblo de los recuerdos de mi segunda
infancia, Jódar, donde ayer, después de muchos años de ausencia, me detuve a
reconfortar lo acucioso del vacío del estómago con los insólitos condumios de
esas tierras, y a recobrar fuerzas emocionales en estos tiempos en los que las últimas
pérdidas están tan recientes.
Bajé al Cementerio, −un ir y venir de “Día-de-Difuntos”, y de gentes en cuyos ramos de flores
leía yo las enjundias de los apellidos-. En
un puesto de feria desubicada, y por tanto discretamente instalado a prudente
distancia de la entrada del CampoSanto (Memento,
Homo...), compré turrón de almendra, blanco y pegajoso, que no
me comí. Repasé
con amor platónico los añosos troncos de los olivos que rodean el Cementerio
y tomé algunas fotografías de sus ramas, vencidas por el peso de una cosecha
prometedora. Crucé la carreterita, remonté los escalones, y atravesé la verja
del recinto, donde me sentí asaltada por las alargadas sombras de los cipreses
de siempre. Encendí una vela delante del oratorio, más que
nada, porque me fascinó aquella movediza guirnalda roja y centelleante en el
escalón frontal, y no pude resistirme a aumentarlo con un punto más de luz
mercada en aquella feria de muerte.
Luego,
rodeando la Capilla por el costado derecho, busqué la tumba de mi padre y recé
una oración recién inventada allí mismo para mi muerto. Ha pasado tanto tiempo
que no sé muy bien cómo retomar la conversación que él dejó interrumpida con su
temprana y repentina muerte, sin darme turno de réplica.
Cuando ya no tenía nada más que hacer
allí, emprendí el camino de regreso al Pueblo. Recorrí sin prisa sus calles,
sus plazuelas, sus recovecos y sus estrecheces, en busca de lo que pensé que,
aunque sea, ya no es: el Colegio de las Monjas no tiene la entrada por donde
siempre, y el Cristo de la Misericordia me pareció más joven que otras veces de cuando yo lo
recordaba. La nobleza del edificio del Grupo Escolar donde mi padre fue Maestro
está deshonrada por una alineación de municipales cubos de basura de plástico
que hacen imposible tomar una fotografía que no huela a pescado podrido. La
casa de “la tita Adelita”, emblemática como pocas, sin duda está dotada de
cuidadosos jardineros, a la vista de lo vistoso de por detrás de las rejas,
pero deshabitada de la inquietante Anita, la hermana loca,
que gritaba desafueros detrás de la celosía de las ventanas más
altas, metiéndonos el miedo en el cuerpo a las alumnas cuando salíamos del colegio, y a la que jamás llegamos a ver. Del Horno de
Isabelita, en lo alto de
la calle Méndez Núñez,
ya no queda más que la esquina, que no huele a pan y a maquila. La estrecha
casa de Paquita, nuestra inquietante vecina, en el Méndez Núñez, 9 de entonces,
parece que es la sede de alguna formación política falta de taberna; pero la
taberna/bodega del entonces orondo y jovencísimo
Blas Cejudo, en Méndez Núñez,
5, ha dejado de oler a vino a granel, derramado desde barrigudos toneles sobre
un suelo
de tierra apisonada, y permanece cerrada a cal y canto
por un port
ón metálico sin pintar.
Y la
casa de Méndez Núñez,
7, la que fue nuestra mágica casa, con su bodega subterránea y sus cámaras
volanderas llenas de salazones y azafranes, con sus sonoras escaleras de madera
y sus terrazas secando orejones al sol del poniente, con sus cuadras para
caballerías del pasado -aún ya pasado entonces-, y con su pozo, tan generoso
con los dompedros y las caléndulas de nuestra niñez, ha perdido toda su magia,
convertida como ha sido en un edificio moderno sin nada que la haga distinta al
resto de los edificios modernos reedificados sobre sus escombros.
Busco en la Carrera la tienda de Lucas Alados y la de Paco Abril, el de la
esquina, lindante con la Sastrería. Me detengo delante de la ausencia del
escaparate de La Droguería de Don Lorenzo del Río, cuyos polvos de colar y cuya
sosa fuerte dieron para hacer de su hijo un Juez de vago recuerdo, y de su
nieto un reconocido Magistrado en las cumbres de la Judicatura Andaluza, que
tanto ha tenido que bregar contra el tráfico
de drogas y de otras sutilezas. Busco la Pastelería
del Bolo, pero no huele a aquellos pastelillos de hojaldre rellenos de cabello
de ángel de tan imborrable y doloroso recuerdo. La Imprenta Bago, en la que
por entonces sonaba sin descanso una melodía de máquinas
de hacer tarjetas que suspiraba a cada movimiento como si fuera una anciana asmática, es una librería
de incierto futuro; el Comercio de telas de don José Nieto, el Bazar de los
Gasquez, la farmacia de Miguelito, la casita de María la
de Lerma, la de los helados, en cuyos bajos cambiaban y descambiaban tebeos y
cuentos de hadas…
Busco,
evoco, y, para mi sorpresa, cuando estaba al borde de una
lágrima de añoranza, encuentro todo lo que buscaba
mientras permanezco sentada en un bar de la Plaza, que ha conseguido recuperar
un remedo de aquel pilar sustituido al inicio de “La Democracia” por una
ramplona fuente de taza de yeso pintado de azulete, con chorritos de colores
por la noche; aquel pilar en cuyos senos horadados en la piedra descansaban los
cántaros gorgoteando hasta llenarse, antes de que el agua corriente llegara a
las casas, dispensada ya del tifus endémico con el que Jódar vacunó a todos los
habitantes de aquellos tiempos que quedaron vivos tras ultimar a a una buena
tanda de ellos en varias oleadas.
Ahí está su Ayuntamiento, con sus ocho ventanitas,
flanqueadas por una doble columna helicoidal, terminadas en arcos de ladrillo,
con sus medallones vidriados de cerámica azul marino sobre el blanco de la cal
de su fachada; con su posición sesgada hacia el dorado de la Iglesia
Parroquial, y sus espaldas defendidas por el viejo castillo, en cuya torre más
alta, una antena moderna me habla del transcurso del tiempo, y de su
restauración y peregrinaje hasta convertirse en Centro Cultural de la Comarca,
donde se informa sobre la magia de Sierra Mágina, que sigue presidiendo todo el paisaje por encima de
los tejados, se mire hacia donde se mire.
En ese momento, me doy cuenta de que, realmente, nada
ha cambiado, porque todo permanece intacto en mi memoria, mirado desde la luz
de media la tarde idéntica a la de entonces.
Comienza a refrescar. Es tiempo de
regreso.
Cierro los ojos y todo vuelve a ser igual.
Hasta el silencio únicamente quebrado en jaleo de niños jugando en mitad de la Plaza, porque, desde que
desviaron el tráfico por la carretera de circunvalación, el gorjeo de los niños
ha vuelto a los nidos del Pueblo.
Una madre grita segura de ser oída:
¡Jairaaaaaaaaa…! Y los apenas siete u ocho años de una niña con falda tableada
y leotardos azules, rematados en unos zapatitos de antelina del mismo color,
levantan el vuelo desde la esquina de la casa de Don Narciso Mesa hacia una
mujer cuyo aspecto y desaliño me hace pensar que hace sesenta años posiblemente hubiera
llevado descalza a su Jaiiiraaa.
¡Jaira! ¡Ah, qué hermoso e inopinado
nombre en un lugar donde todo es distinto; donde ya no está mi
casa!
“Mi casa soy yo” –me digo de repente,
mientras abono mi consumición a un camarero que debe ser nieto de alguno de
quienes fueron mis compañeros de juegos hace ya tantos años, en el patio de las
Escuelas de La Barriada de Fátima.
Y emprendo mi camino hacia la Estación de
Ferrocarril también deshabitada, en busca de otro tren imposible que me
traslade a mí misma, en la CREENCIA de que sólo nosotros somos reales cada vez
que volvemos a CREAR nuestro tiempo pasado con los mismos paisajes de fondo. |
| Grupo Escolar General Fresneda | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | | |
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El fondo, ayer, fue Jódar.
Otra vez, Jódar.
Y las Cuevas de Josema, y La Barriada de
Fátima, y el Taller de Mañas, donde los domingos alquilaban bicicletas, y la herrería
del Tany con su geológico y accidentado cráneo, y el cine del “Plantillano”, y “Las
Delicias o el Andaraje, con su lavadero de piedra, y Juanelo, y Catalinorro, y
Bulanito el Municipal, y El Marquesito, y Don José el de La Ventilla, y el
General Fresneda… Y el Jardín de Paco, donde comprábamos macetas de azucenas
para el patio trasero de la casa, hasta que tocó comprar dalias y crisantemos
tal día como hoy.
Y la mágica casa de Méndez Núñez, 7, ilesa
en mi memoria, en Jódar.
En CasaChina. En un 2 de Noviembre de 2013