martes, 16 de julio de 2019

PIÑAS. (Historias callejeras muy chicas)


 
      66/2019


(Historias callejeras  muy chicas)
 “Yo a éste no le doy limosna, porque luego se lo gasta en vino” –le escuché decir a doña Edu, en la lonja de la Iglesia de arriba, a la salida de misa mayor de las de después de la Guerra.

       El vino debía ser algo muy malo. Por eso no entendía cómo, cada domingo, en casa de la amiga de mi abuela, doña Edu, (¿sería Edu—arda o Edu—vigis? ¿Quizá Edu—rne?) obsequiaban con aquel vino pecador y siniestro a los mayores, más o menos de la edad del Juanelo, el mendigo de la puerta de la Parroquia en la misa mayor de los domingos, aunque mejor vestidos y sin aquel pestazo a vino peleón que Juanelo despedía, mientras que a nosotros, “angélicos de Dios” –decía doña Edu, nos contentaban con gaseosa de bola y paloduz recién cortado en la carretera de la Moraleda.
       Ayer, —¡Dios mío, cuántos años han pasado! —el vendedor callejero voceaba piñas con olor a paloduz, y empujaba jadeante un carrillo colmado de carnosas frutas de las que el sol de media tarde arrancaba efluvios de bárbaro verano agostado y en sazón.
“A euro, a euro, a euro…” –jadeaba; y una no sabía si era a euro el kilo, allí donde no parecía haber balanza, o a euro la pieza, allí donde la pieza prometía un largo y azucarado regocijo por menos de lo que cuesta ahora la propina de un accidental bar de carretera.
       —Yo no le compraría— dijo uno de los tertulianos; y sin darnos razón del porqué de no comprarle como hacía la doña Edu del siglo pasado, nos informaba de que aquel sudoroso infeliz, de camisilla abierta sobre un pecho consumido, era algo así como un miserable desahuciado de su casa por no poder pagarla, “recogido” por una familia de chamarileros y vendedores ambulantes que, a cambio de un plato de sopa, un mendrugo de pan y un sombrajo bajo el que guarecerse de la Osa Mayor, le hacían recorrer a pie los pueblos de la comarca, empujando el carrillo de mano y pregonando la mercancía: “a un euro, a un euro, a un euro…”.
       Entonces recordé algo que me contaron en Bagdad, una hermosísima noche de otro agosto muy lejano en que aún se tocaban las estrellas con la mano:
“En este país, —decía aquel oriental desde la penumbra— cuando un hombre se arruina, vende las tres cosas más sagradas que posee y por este orden: primero vende con deshonor el oro de su esposa; luego vende con vergüenza sus alfombras; finalmente, si aún está a tiempo, vende su casa con un dolor tan prolongado y tan semejante al de un empalamiento que no hay narcótico o licor que pueda consolarlo de por vida”.

Llamé al voceador de piñas y le pedí una.
Él me miró.
(¿Acaso se puede pagar una mirada a estas alturas?).

Le di dos euros y él intentó devolverme uno diciendo que el precio era un euro.
       —¡Gásteselo en vino! A lo mejor así puede olvidarse de que usted ya no tiene casa; y yo de que sigo teniendo miedo a que alguien me quite esta casa que aún habito…

       “Por cierto: ¿a cómo se vende ahora el miedo?”.
“Y el litro de vino con el que se quita el miedo ¿a cómo lo venden?”.
 –Eso no lo dije en voz alta, no fuera a tentarle al hombrecillo en algún dolor a medio macerar.

En CasaMágica. A 16 de Julio de 2019

viernes, 21 de junio de 2019

LENGUAJE INCLUYENTE PERVERSO



50/2019
        Hay lenguajes aparentemente inocuos que encierran en sí una forma de perversidad encubierta, en tanto que son como una especie de "anestesia" aparentemente concesiva con la que acallar pretensiones más que legítimas.
         Me explico:
Antonio Miralles y su artesanía
Hace pocos días, en unas jornadas de estudios diversos organizadas por el grupo SIAL PIGMALIÓN con motivo de la Feria del Libro de Madrid, tuve el honor de moderar una mesa sobre las gentes (que no “sobre la gente”) de Sierra Mágina. El título: <SIERRA MÁGINA C.R.E.A.> -Colectivo Rural de Escritores y Artistas-. El coloquio derivó hacia la distinta posición que ocuparon hombres y mujeres de aquella comarca como consecuencia de  la escasez de medios económicos en una época concreta: la de los años 50/60; de ahí, se llegó a la forma en que se sacrificó la formación de la mujer en favor de la del hombre cuando los medios no alcanzaban para darle estudios a todos; y, como no podía ser menos, emergieron DOS TEMAS CANDENTES: ser o no ser “feminista” al estilo más profundo o más superficial de su concepción, y la perversión del idioma a partir de un recurso tan facilón como el sacrificio de la más pura concepción gramatical de formación de la lengua a un -a mi entender- mal llamado “lenguaje inclusivo”.
Gentes de Sierra Mágina en Madrid
        Personalmente pienso que la adopción de posiciones fuertemente ideologizadas y poco fundamentadas derivan en estas “desviaciones conceptuales”, y son las que a la larga más daño hacen a la imprescindible batalla por la dignificación de la causa feminista, tomando el concepto “feminismo” como ELEMENTO SUMATORIO, en tanto que el machismo aparece indubitadamente como ELEMENTO RESTATORIO.
        Y también es personalísima (aunque muy meditada) la sensación que tengo de que esas “concesiones lingüísticas” con las que se habla de “lenguaje inclusivo” posiblemente nos hace visibles, pero no como personas que atraen el respeto del conjunto para un objetivo común, sino que se nos expone con una visibilidad degradada, concesiva, pobretona y transgresora, más propia de un limosneo caritativo que de una auténtica y cuidada equivalencia entre géneros.
A la izquierda Isabel Expósito: mujer de Mágina
        Poco a poco, en lo referente a la causa femenina, voy acumulando mis propios axiomas frente a situaciones reales y a conflictos incontestables en la posición de la mujer, sin pretender -ni de broma- trasladar de lugar el problema, para convertir una causa noble -la dignificación de la mujer- en una persecución incontrolada del hombre por el hecho de serlo. (Muchas madres de varones saben de qué hablo; muchas madres de mujeres, también).

        Primera conclusión axiomática: El feminismo suma -añade valor a la causa de la dignidad femenina-; el machismo resta -resta valor a la mujer-.

        Por eso, por la causa de las personas -hombres y mujeres- desde una visión amplia y no limosnera, quiero contestar a este cartel lúcido donde los haya, (y del que no debiera hacerse bandera por quienes entienden el feminismo como excluyente), aunque ligeramente incompleto (siempre desde mi personal visión).

“Un hombre no viola… Viola un violador”.
Sucede que una mujer nunca viola…

“Un hombre no mata… Mata un asesino”.
Sucede que las asesinadas suelen ser mujeres…

“Un hombre no maltrata… Maltrata un maltratador”.
Ahí hay menos visibilidad. Habría que ampliar el estudio sobre las formas de maltrato.

“Un hombre no humilla… humilla un cobarde”.
Personalmente, detesto ciertas “valentías” frente al más débil…

        No quiero cerca de mí ni valiENTES ni valiENTAS que generen polémicas lingüísticas estériles, desviando el enfoque de un problema grave hacia algo tan trivial como una “a” a destiempo y a contrapelo.

Mª Socorro Mármol. Autora
Quiero
no tener que mendigar protecciones
ni agradecer
la añeja y más que discutible dádiva
de la limosna de lenguajes adulterados.

Lo que verdaderamente quiero es poder hablar de igual a igual sin que mis interlocutores se sientan inseguros por el hecho de ser hombres, ni yo amenazada de incultura… o de muerte por el hecho de ser mujer.
       
        Pues aquí dejo mi segundo axioma: yo no quiero SER (ente) IGUAL AL HOMBRE. Lo que exijo, desde mi evidente diferencia (diversidad), es SER TRATADA IGUAL QUE EL HOMBRE.
Y tratar al hombre como a mí misma.

¿O sucede que somos tan "acostumbradizos" que nos vamos a conformar con la utilización de medios tan esperpénticos como los que se nos proponen y es evidente que no funcionan para hacer visible un problema espantoso cual es el del número de mujeres silenciadas?
En CasaChina. En un 15 de Junio de 2019